sábado, 19 de enero de 2013

El final de la felicidad del hombre.

Hubo una vez un tiempo en el que el hombre era feliz. Un tiempo en el que existían pequeñas sociedades,  en las que nadie causaba ningún dolor a sus convecinos,  ni  nadie  deseaba  ningún  mal  a  nadie.  Simplemente querían  vivir,  distribuyéndose  las  labores entre ellos.  Unas labores muy  escasas y limitadas. Los hombres cazaban y protegían a los demás integrantes de su sociedad,  mientras  las  mujeres  cuidaban  de  los  niños, recogían frutos, y se encargaban de que todo estuviese  ordenado.  No  era  una  sociedad  injusta,  todo  lo contrario; era una sociedad donde todos eran felices.
Nadie decía a nadie lo que tenían que hacer.  Cuando  los  hombres  llegaban  de  caza  con  la  que sería su comida, se la repartían entre las familias, pacíficamente, sin que nadie se opusiese.  Una  sociedad  en  la  que todos buscaban un único bien común.
Y digo sociedad, sí, y no pueblo, ni poblado, ya que esos hombres y mujeres iban cambiando de hogar cada vez que los recursos eran escasos.  Era  una  gente que cada año había  visto  decenas  de  sitios  diferentes, había conocido decenas de montes diferentes, había explorado decenas de bosques diferentes.
Pero toda esa felicidad y toda esa justicia acabó, cuando, un día como otro cualquiera, de la boca de un hombre salieron tres simples palabras: "Eso me pertenece".
Así, concluyó la etapa en la que la humanidad era feliz, y comenzó otra, más triste y desastrosa, en la que el hombre era materialista.

No hay comentarios:

Publicar un comentario