Hubo una vez un tiempo en el que el hombre era feliz. Un tiempo en el que existían pequeñas sociedades, en las que nadie causaba ningún dolor a sus convecinos, ni nadie deseaba ningún mal a nadie. Simplemente querían vivir, distribuyéndose las labores entre ellos. Unas labores muy escasas y limitadas. Los hombres cazaban y protegían a los demás integrantes de su sociedad, mientras las mujeres cuidaban de los niños, recogían frutos, y se encargaban de que todo estuviese ordenado. No era una sociedad injusta, todo lo contrario; era una sociedad donde todos eran felices.
Nadie decía a nadie lo que tenían que hacer. Cuando los hombres llegaban de caza con la que sería su comida, se la repartían entre las familias, pacíficamente, sin que nadie se opusiese. Una sociedad en la que todos buscaban un único bien común.
Y digo sociedad, sí, y no pueblo, ni poblado, ya que esos hombres y mujeres iban cambiando de hogar cada vez que los recursos eran escasos. Era una gente que cada año había visto decenas de sitios diferentes, había conocido decenas de montes diferentes, había explorado decenas de bosques diferentes.
Pero toda esa felicidad y toda esa justicia acabó, cuando, un día como otro cualquiera, de la boca de un hombre salieron tres simples palabras: "Eso me pertenece".
Así, concluyó la etapa en la que la humanidad era feliz, y comenzó otra, más triste y desastrosa, en la que el hombre era materialista.
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