Muchos han sido los que han descrito maneras de ser feliz, pero pocos los que han sido escuchados, a pesar de la estupidez que algunos decían. No quiero decir que Descartes dijese tonterías sobre este tema en concreto-si bien sí dijo tonterías sobre otros temas, tantas, que no sería capaz de contarlas con los dedos de una mano, y, probablemente, ni de las dos-, pero al autor francés tan solo se le ocurrieron cuatro maneras de llegar a dicha felicidad.
1.-Conformismo y moderación ante las leyes: pues bien, esta manera ya fue propuesta, entre otros, por Tomás de Aquino, y más veces será propuesta a lo largo de la historia. Pero da qué pensar, ya que hay leyes justas, sí, pero también las hay injustas. Hay incluso cosas alegales, que no están dentro de la ley, ni fuera de ella, sino que no son mencionadas, simplemente. ¿Qué pasaría con esas leyes? ¿Y con esas no-leyes? Hay también quien diría que no tiene ninguna veracidad, ya que el hombre es un animal que por naturaleza inflige las normas. ¿Sería por tanto, para Descartes, el hombre un animal descontento por naturaleza?
2.-Firmeza ante las decisiones: esta es, probablemente, con la que mayor número de gente esté de acuerdo, ya que alguien que no está seguro ni de sus propias acciones mal va. Está claro que un humano (para que no me llamen machista si digo simplemente hombre) tendrá más éxito en la vida si tiene claro lo que hace y lo que piensa, pero de ahí a ser más feliz hay un buen trecho. Además, en cierto modo, se contradice con la siguiente forma de ser feliz.
3.-Capacidad de cambio: he de aclarar que con esto nuestro amigo René no se refiere a adaptarnos al medio que nos rodea, sino a ser capaces de cambiar nuestras decisiones ya tomadas. Aquí habría gente que se preguntaría algo así como: ¿WTF? Es lo que pensamos toda la clase cuando nuestro gran "maestro" nos enseñó a este autor, pero después de la explicación lo entendimos mejor. Uno puede tomar una decisión estando seguro, pero el humano no es perfecto; comete errores. Por eso, una de esas decisiones puede ser errónea, y por ello hay que ser capaces de cambiarla. Sin embargo, sigue sin calar profundamente entre nosotros, a quienes el propio Descartes definió como ser pensante.
4.-Progresar en conocimiento: esta es ya la última, no os desesperéis. Pero no lo veo yo mucho sentido, no. Claro que hay quien es feliz sabiendo, y también quien se sabe feliz, pero eso no quiere decir que el saber y el ser feliz tengan relación, o por lo menos directa. ¿Quiere decir con esto que alguien que no hace más que estudiar será la persona más feliz del mundo? Juzguen ustedes.
Y piensen también: ¿Solamente hay cuatro maneras de ser feliz? ¿Y qué pasa con el amor, la pasión, as ganas de vivir, el hecho de vivir en una comunidad justa y libre?
lunes, 21 de enero de 2013
sábado, 19 de enero de 2013
El final de la felicidad del hombre.
Hubo una vez un tiempo en el que el hombre era feliz. Un tiempo en el que existían pequeñas sociedades, en las que nadie causaba ningún dolor a sus convecinos, ni nadie deseaba ningún mal a nadie. Simplemente querían vivir, distribuyéndose las labores entre ellos. Unas labores muy escasas y limitadas. Los hombres cazaban y protegían a los demás integrantes de su sociedad, mientras las mujeres cuidaban de los niños, recogían frutos, y se encargaban de que todo estuviese ordenado. No era una sociedad injusta, todo lo contrario; era una sociedad donde todos eran felices.
Nadie decía a nadie lo que tenían que hacer. Cuando los hombres llegaban de caza con la que sería su comida, se la repartían entre las familias, pacíficamente, sin que nadie se opusiese. Una sociedad en la que todos buscaban un único bien común.
Y digo sociedad, sí, y no pueblo, ni poblado, ya que esos hombres y mujeres iban cambiando de hogar cada vez que los recursos eran escasos. Era una gente que cada año había visto decenas de sitios diferentes, había conocido decenas de montes diferentes, había explorado decenas de bosques diferentes.
Pero toda esa felicidad y toda esa justicia acabó, cuando, un día como otro cualquiera, de la boca de un hombre salieron tres simples palabras: "Eso me pertenece".
Así, concluyó la etapa en la que la humanidad era feliz, y comenzó otra, más triste y desastrosa, en la que el hombre era materialista.
Nadie decía a nadie lo que tenían que hacer. Cuando los hombres llegaban de caza con la que sería su comida, se la repartían entre las familias, pacíficamente, sin que nadie se opusiese. Una sociedad en la que todos buscaban un único bien común.
Y digo sociedad, sí, y no pueblo, ni poblado, ya que esos hombres y mujeres iban cambiando de hogar cada vez que los recursos eran escasos. Era una gente que cada año había visto decenas de sitios diferentes, había conocido decenas de montes diferentes, había explorado decenas de bosques diferentes.
Pero toda esa felicidad y toda esa justicia acabó, cuando, un día como otro cualquiera, de la boca de un hombre salieron tres simples palabras: "Eso me pertenece".
Así, concluyó la etapa en la que la humanidad era feliz, y comenzó otra, más triste y desastrosa, en la que el hombre era materialista.
viernes, 18 de enero de 2013
Un libro llamado Sociedad
Despertó por la luz del sol. Se levantó y recogió lo que había sido su estancia por una noche. A su alrededor, los pájaros piaban, alegres, mientras el viento gemía al pasar entre los árboles.
Una vez más, se subió la mochila a la espalda, y como en los últimos miles de años, comenzó a andar.
Unas horas después, junto a un bosque verde y alegre, se detuvo para descansar. Allí estuvo el hombre, durante unos minutos, hasta que ya estaba listo para seguir. Se puso en pie. Sin embargo, con el primer paso que dio tropezó con un objeto oculto bajo una finísima capa de tierra. El hombre volvió a bajar su mochila, se agachó, y comenzó a desenterrar ese objeto que le había impedido seguir su camino.
Atónito, descubrió que era un libro, en cuya portada no había nada, ni una sola palabra ni un solo símbolo en que fijarse. Nada. Estaba manchado por la tierra que quien sabe cuánto tiempo había estado sobre el libro.
Hasta su nariz llegaba un olor a hojas en descomposición, por lo que dedujo que llevaba allí mucho tiempo. Además, el simple hecho de estar en contacto con su tapa, le producía dolor. Era un libro espantoso y grotesco.
Pero eso, yo creo, fue lo que más le llamó la atención del libro. Había estado toda su vida viendo cosas agradables. Si aquel libro hubiese sido bonito y encantador como todo aquel mundo que le rodeaba, los árboles y los pájaros, no habría sido más que un simple objeto más. Por fin, lo abrió. Eso fue su perdición.
Años y años pasaron hasta que otra persona topase con ese libro. Pero esta vez, el libro sí tenía algo escrito: la letra "s".
Miles y miles de años después, en la portada del libro se veían ya varias palabras; un título y un autor.
A su vez, mientras el misterioso libro se formaba, engullendo a todo aquel que osaba a abrirlo, todo lo que se encontraba a su alrededor iba cambiando. Los árboles se tornaron más oscuros, hasta un color casi tan oscuro como una noche sin luna y sin estrellas y los pájaros dejaban de tener vida, pero seguían volando.
El título del libro era Sociedad y su autor El Hombre.
Una vez más, se subió la mochila a la espalda, y como en los últimos miles de años, comenzó a andar.
Unas horas después, junto a un bosque verde y alegre, se detuvo para descansar. Allí estuvo el hombre, durante unos minutos, hasta que ya estaba listo para seguir. Se puso en pie. Sin embargo, con el primer paso que dio tropezó con un objeto oculto bajo una finísima capa de tierra. El hombre volvió a bajar su mochila, se agachó, y comenzó a desenterrar ese objeto que le había impedido seguir su camino.
Atónito, descubrió que era un libro, en cuya portada no había nada, ni una sola palabra ni un solo símbolo en que fijarse. Nada. Estaba manchado por la tierra que quien sabe cuánto tiempo había estado sobre el libro.
Hasta su nariz llegaba un olor a hojas en descomposición, por lo que dedujo que llevaba allí mucho tiempo. Además, el simple hecho de estar en contacto con su tapa, le producía dolor. Era un libro espantoso y grotesco.
Pero eso, yo creo, fue lo que más le llamó la atención del libro. Había estado toda su vida viendo cosas agradables. Si aquel libro hubiese sido bonito y encantador como todo aquel mundo que le rodeaba, los árboles y los pájaros, no habría sido más que un simple objeto más. Por fin, lo abrió. Eso fue su perdición.
Años y años pasaron hasta que otra persona topase con ese libro. Pero esta vez, el libro sí tenía algo escrito: la letra "s".
Miles y miles de años después, en la portada del libro se veían ya varias palabras; un título y un autor.
A su vez, mientras el misterioso libro se formaba, engullendo a todo aquel que osaba a abrirlo, todo lo que se encontraba a su alrededor iba cambiando. Los árboles se tornaron más oscuros, hasta un color casi tan oscuro como una noche sin luna y sin estrellas y los pájaros dejaban de tener vida, pero seguían volando.
El título del libro era Sociedad y su autor El Hombre.
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